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Me hace gracia el “buenismo” de tanta gente que dicen estar en medio de lo que ellos llaman “dos bandos” en un conflicto catalán que no tiene su origen en bandos algunos, ni afrenta si quiera, más allá de un victimismo meticulosamente ideado y organizado por un secesionismo creciente y ambicioso cuyo único objetivo y propósito es la destrucción de España como tal y la absurda construcción de su “república” cimentada en el odio y el desprecio por todo aquello que a los catalanes nos identifique como españoles.

El 6 de diciembre de 1976, se ratifica en las urnas una Constitución nacional que otorga el derecho a 17 gobiernos distintos para cada región, algunas de las cuales, particularmente Cataluña utiliza desde sus gobiernos convergentes para encaminar su región a una situación de independencia de España por la vía de hechos consumados a golpe de leyes descastellanizadoras del territorio, reclamación de competencias una tras otras sin límite, hasta el punto en el que no quedara otra cuestión que “la llave de la caja” de los impuestos para poder autofinanciarse y el descrédito permanente de España por parte de las instituciones catalanas que no dudaron en aprovechar las graves circunstancias de una crisis mundial de la que España no quedó exenta, para lanzar toda su maquinaria adoctrinadora (TV3, ANC, OMNIUM, radio, prensa, panfletos, esteladas, símbolos...) y asegurarse una movilización social lo suficientemente poderosa como para lanzar una tras otras sus consultas, referéndums o plebiscitos en su fanática obsesión por validar su anhelo de ruptura con España aún a costa de dividir y enfrentar a una población que ni se manifestaba cada 12 de octubre, ni colgaba bandera alguna en los balcones salvo exclusivamente para festejar alguna victoria deportiva, ni había abierto ni tan siquiera la boca durante décadas, hasta que muchos y cada vez más hemos decidido dar un paso al frente contra toda esta locura que dura ya demasiado tiempo.

Una sociedad que comienza a estar harta de esteladas hasta en la sopa o la invasión fanática de lacitos amarillos, una sociedad a la que cada vez más gente le repugna el adoctrinamiento al que tratan de someternos e incluso a nuestros propios hijos, en las escuelas o en cualquiera de los actos lúdico festivos en los que la lengua española brilla por su ausencia, cuando no son las propias Omnium o ANC las organizadoras de eventos adoctrinadores, una sociedad en la que cada vez más nos sentimos excluidos y despreciados por el totalitarismo del gobierno autonómico que “okupa” las instituciones, no por la fuerza de los votos, sino por la de los pactos contra natura en pro de su obsesivo anhelo secesionista, es una sociedad que reacciona a la provocación, la imposición y el desprecio permanente por parte de una banda secesionista muy interesada en que se hable de dos bandos que no existen, mientras que aquellos que en su profunda ingenuidad dicen estar en medio de “dos extremos” no hacen sino alimentar el ego de la única “banda” que existe que es la de aquellos que tratan de imponer su república a golpe de agitación, imposición y mentiras.

Y ahora que llevan años calentándonos las narices a la mitad de los ciudadanos, ahora que las esteladas y el amarillo repugnante de sus lacitos invade todos los rincones de Cataluña, ahora que llevamos años respirando el odio de su propaganda y sus panfletos en la que nos amenazan con sus gritos bélicos de “ni olvido ni perdón”, ahora que se han saltado las leyes, amenazado a las fuerzas del orden y azuzado a la población a referéndums ilegales con clara vocación golpista, que vengan ahora esos “moderados” que dicen estar entre dos bandos tratando de conciliarlos y me expliquen de qué dos bandos, ni dos puñetas están hablando.

 

A. Hidalgo - Octubre 2018

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