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Algunos se burlan del Dios de los católicos en una sociedad liderada por dioses, el Dios de los colores políticos que tanto odio y rivalidad genera, el Dios deportivo envuelto de fanatismos y que no pocas veces se cobra vidas humanas por las vísceras malentendidas de lo que no debería ser otra cosa que una sana

competición, el Dios del dinero al que se venera hasta el punto de tantas muertes causadas por su ambición. El Dios de la tecnología, de la vida virtual que nos aleja de la real, el Dios de los bares cuyos fieles y adeptos superan en número a los de las iglesias y tantos y tantos otros por los que se rigen nuestras vidas. Pero el peor de todos, sin duda, el Dios del egoísmo que nos hacer creernos en posesión de una verdad que creemos por encima de la de los demás. Si vamos a criticar los dioses ajenos, revisemos primero por cuales nos regimos nosotros mismos, no sea que nuestros propios dioses sean aún peores.

A. Hidalgo - Octubre 2018

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